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Reflexiones en el camino

Desde Perú una óptica plural en una mirada singular

 

 

Mi lectura de San José

La generosidad de una fraternidad laica de San José me permitió retomar la teología en un ámbito eclesial, en el que respiro y vivo, aunque algunos piensen que ser parte de la fe es seguir a los oficiales, más bien lo real es que no hay más que un Dios verdadero, por tanto válido para todos, y cuya exclusividad no puede estar registrada por las limitadas inteligencias humanas, por más sabias o santas que estas fuesen.

Evidentemente me apoyé en la autoridad, es decir en la Biblia, para que si hubiera alguna observación, ella fuera mi defensora de hecho y de derecho.

Creo que gustó el tema, y dio para un artículo un tanto extenso, o una reflexión temática un poco corta. El resumen en breve es que según la Biblia, San José es el signo de la antigua alianza que tiene que romper con la herramienta que Dios les dió para su felicidad y que es la ley, porque sin ese rompimiento no se puede dar paso a la nueva alianza de Jesucristo.

El signo mayor del rompimiento es el incumplir con lo que la ley dice que hay que hacer cuando se dscubre a una mujer en adulterio. José que era cumplidor, rompe con la ley, amparado exclusivamente en el mensaje que interpreta de Dios. José rompe con la ley porque se vuelve intérprete, recibe su mensaje y desobedece la ley porque su conciencia así lo considera.

Este rompimiento es el signo de la nueva alianza, es la apertura al mensaje liberador de Cristo. La importancia de José es, desde este punto de vista, fundamental para la realización del mensaje cristiano, y para nuestra visión de cómo debemos afrontar la fe.

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Fernando Vallejo

Una calurosa recomendación de su lectura por parte de un amigo me llevò a leer este libro del conocido autor Fernando Vallejo. Conocido por muchos, aunque yo ni idea de él, salvo que recientemente había decidido volver a solicitar la nacionalidad colombiana después de no se cuantos años de residencia y nacionalidad (supongo), mexicana.

Soy, lo confieso, afecto a las actitudes iconoclastas, considero justificada hasta la ira contra la Iglesia que tanto contribuye a distanciarnos del mensaje del hijo del hombre. Mensaje tan simple como el de muchos seres humanos que trascienden la historia para pasar al reino del mito. Iconoclasta fue el mismo Jesús de Nazaret, quien derribó muchas leyes judías, incluyendo la del santo sábado, porque el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado (¿Entenderá lo que quiere decir esto el obispo de Roma Joseph Ratzinger?).

Con gran entusiasmo me propuse leerlo, como lo hice con el otro Fernando (Savater de quien hablo en el escrito anterior). Después de varios intentos, les confieso, ha pasado al reducido grupo de libros que no puedo terminarlo de leer por voluntad propia.

No menciono los otros, pues entre esos hay algunos autores peruanos muy conocidos, quienes podrían escribir cosas mejores. Claro que en el caso del libro de Fernando Vallejo (hay que escribirlo completo pues podría confundirse con otros venerados, por mí, autores a los que no quisiera confundir) no se trata de literatura en si, no es, por lo menos el autor no lo dice, una ficción en la cual se manifiesta la capacidad estética de la buena escritura. Por tanto, espero leer alguna de sus novelas que me permita apreciar su calidad literaria. Creo que es un gran ensayo, en el que intenta castigar la fe en general.

Ese castigo lo realiza por medio de una serie de calificativos redundantes y aburridos. Ciertamente aburridos, pues después de tanta coprolalia, uno queda fatigado. En primer lugar no me escandaliza el nominar puta a la Iglesia, mis primeras experiencias universitarias me recuerdan frases como, la puta que se acuesta con el gobierno de turno, dicha teóricamente por algún obispo del cual no tengo referencia, pero en mi experiencia eclesial recuerdo la reiterada referencia a la puta santa, al referirse a la Iglesia. Término que no deja de ser prejuicioso y hasta poco conocedor de la profundidad del cristianismo pues fue el mismo Cristo el que afirma que las prostitutas nos antecederán en el reino de los cielos. Pero teológicamente significaba la doble presencia de santidad y pecado en la Iglesia, del bien y el mal conviviendo en una institución que se sustenta en olo divino pero que está constituida por seres humanos con todos los defectos, debilidades y malignidades del ser humano en sí, al mismo tiempo de sus virtudes y aspiraciones al bien.

Sus informaciones históricas, tampoco son novedosas. En la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima el Padre Armando Nieto S.J., profesor de Historia de la Iglesia mostraba con lujo de detalles mushos de esos aspectos de lo que llamó la edad de hierro de la Iglesia. Claro que al Padre Nieto no se le pasaba por la mente que el conocimiento de la verdad pudiera atentar contra la credibilidad de los estudiantes de la facultad católica, la mayoría de los cuales ejercerían luego profesionalmente el ministerio sacerdotal (es interesante anotar que el P. Nieto es el primer director espiritual de los sodalicios, una epsecie de opus dei peruano igual de conservador e igualmente conformado por personas de muy buena posición económica).

Tampoco es una revelación la inexistencia de un texto original completo del nuevo testamento, ni de testimonios directos de la existencia de Cristo. La validez del pensamiento no está en el documento original sino en el pensamiento mismo. La teología se preocupa de la existencia material de Cristo pues existen interpretaciones que niegan su humanidad, como otros que niegan su divinidad. Pero su mensaje, y esto gracias a la Iglesia cristiana como tal (sin apellidos la que conformaron sus seguidores y se expandió), se ha mantenido y puede ser alcanzado por cualquier mortal que quiera leerlo (es más: lo disfrutará más que leyendo a Fernando Vallejo en este libro). Cristo descubre que es Hijo de Dios, que puede hablarle directamente y sin mediadores, que las estructuras eclesiles están bien hasta que se llena de hipocresía. Por ello mismo es que el conservadurismo religioso no quería que se lea la Biblia directamente sin el sabio consejo del intérprete oficial, pero no, la Iglesia ya proclamó la necesidad de acceder directamente a las Estrituras, y aunque se ponga de mediadora, el entendedor lee y entiende, asi que San Martín Lutero tiene un espacio ganado.

Todo eso, ya conocido, lo intercala de losadjetivos coprolálicos, que vuelven aburrida la lectura, y francamente antes de la mitad dije basta. Ya Celso en la antiguedad se prendió de los cristianos y criticaba la secta hereje que seguía a un judío pequeño feo y narigón. Ese mismo argumento utiliza Fernando Vallejo contra San Pablo, incidiendo en su tamaño pequeño, su nariz, y una fealdad que probablemente conozca de alguna fuente directa el mismo Fernando Vallejo, y que no puede mostrarla porque le daría validez a los escritos de Pablo.

Es probable que Pablo de Tarso fuese feo para Fernando Vallejo, lo más seguro es que lo imagine feo, pero también para él. La fealdad en los seres humanos es una característica bastante arbitraria, en especial en el caso de la fealdad de los varones. Pero asi fuese, no tiene nada que ver con la claridad, profundidad o belleza de los escritos. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir no eran muestras reconocidas de belleza física, sin embargo son profundamente trascendentales en sus escritos.

Claro que Fernando Valejo no usa esos criterios como valor para criticar, o combatir, o rebatir. Los usa como un fondo musical que acompaña sus reflexiones. Si no lo sigo leyendo es porque estadísticamente hablando no hay mayor probabilidad de encontrar algún aporte novedoso a la ya reconocida e inacabable lista de horrores que podemos encontrar en la Iglesia o en las Iglesias. A ella debería acompañar la existencia de una srie de aciertos como la de San Romero del Salvador, de Santa Teresa de Calcuta, de San Teilhard de Chardin. Una Iglesia a la que mártires vivos como Pedro María Casaldáliga aman con profundidad, o de la que fecundos disodentes como Leonardo Boff no se alejan.

En fin, espero tener una mejor apreciación del próximo libro del autor nacido en Colombia, Fernando Vallejo

cvelrey

El amor es inconcluso

está esperando algo más

pretende extender lo bello

dominar el tiempo

aspira la eternidad

Qué estúpido es el amor

que programa terminar

solo superando el tiempo

sabemos lo que es amar

 

 

 

Leyendo a Fernando Savater

A pesar de tener una formación filosófica académica, no había leído a Fernando Savater, pese a las recomendaciones de dilectos amigos. Pesan algo en la selección de las lecturas el ubicarse demasiado en las carteleras de la difusión masiva, por tanto presagiar eso salta del tema de arraigo popular a la vulgarización. Esto, por supuesto, es una confesión de un prejuicio elitista contra el que debo luchar permanentemente y para el que no vale el consuelo de ser demasiado generalizado en los círculos ¿intelectuales?, más bien algo leídos. Bueno, pero al asusnto, me atrevo a leer a Savater en La Vida Eterna, con la ventaja que no haya un superior religioso o simplemente persona mayor de la orden religiosa, que me prevenga de ciertas lecturas. Quisiera comenzar por decir que si Savater es un autor de difusión masiva, se lo tiene muy bien ganado. Escribe de manera maravillosa, por lo menos para mì, permitiendo entrar en la raiz de sus ideas de manera sumanente sensilla y cautivadora. Esto no significa que me hubiera sentido identificado con su posición útima, es decir con su convencido ateismo. Coincido con su militante laicismo, que es de por si una posición de fe, ya que el laico existe en contraposición al religioso, y que está sustentada en la esencia última de la fe: el descubrimiento de la libertad humana como principio fundamental de la existencia. Decía Sartre que la única fatalidad es la de ser fatalmente libres.

Esa libertad, que está expresada por el laicismo militante de Savater, pierde su sentido fatalista de Sartre y los existencialistas, por el descubridor de las posibilidades del hombre en Savater. Pero desde la perspectiva de fe, el descubrimoiento es mucho más brillante, es la posibilidad de abrirse a la trascendencia sin necesidad de intermediarios. Es la de relativizar el papel de los sabios oficiales porque tengo la capacidad de alzanzar lo trascendente de forma inmediata, por un ejercicio pleno de mi voluntad. El fundamento de la teología moral es la conciencia: es pecado lo que se asume por conciencia como tal. La conciencia es la única real juzgadora de la bondad o maldad de un acto, y la conciencia es un ámbito absolutamente personal. Sin embargo la persona solo es completa si se descubre en el otro, por ello es comunitario, y ese encuentro con el otro lo hace establecer la conviviencia humana que aspira a la comunión.

El libro de Savater es altamente recomendable,. para los que viven en independencia de la fe, los ateos y agnósticos, porque los ilumina en el conocimiento de la actitud de la fe, y de las problemáticas en torno e esta y sus instituciones. Para los cristianos que desean profundizar sinceramente su fe, les aseguro que no la van a perder, al contrario, es una catarsis liberadora que nos acerca a una fe acrisolada (puesta al fuego de las correctas críticas y cuestionamientos que desarrolla Savater), que nos ayuda a profundizar en el camino.

Además, y lo reitero, Savater tiene una redacción preciosa, agradable, como nos hubiese gustado que fuesen todos los escritores de filosofía cuando estudiabamos por necesidad académica.

 
 

 

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